Historias de la Nave / Transmisiones Orales de Mitos y Leyendas de la Fábrica
Basado en Hechos Reales

Las paredes de este edificio guardan innumerables historias. Muchas de ellas se han perdido en el tiempo, pero otras han perdurado gracias a testigos contemporáneos que han logrado transmitir relatos como este: la historia de Vanesa, la Caníbal.

Nadie sabe exactamente cuándo llegó a la nave ni cuánto tiempo vivió en ella. Algunos dicen que ya residía aquí incluso antes de que se construyera la fábrica…

Corrían los primeros años de la década de los 2000. El edificio estaba completamente vacío tras el cese de su actividad industrial en 1999. En medio del silencio y la inmensidad de las naves, solo tres espacios del edificio estaban colonizados:

  • Una pequeña parte de la tercera planta, donde se ubicaba la Asociación «Asalto de Mata»
  • La base de operaciones del periódico de divulgación «La Directa», que estaba en la segunda planta, en el lugar donde hoy se encuentra el colectivo de Urban Art.
  • Y un Amplio recinto, de cientos de metros cuadrados, en el lado izquierdo de la primera planta del edificio principal, donde Vanesa pasaba la mayor parte de su existencia.

El espacio que habitaba era un reflejo del misterio de su personalidad

No había absolutamente ninguna decoración ni artefactos funcionales: ni cuadros, ni fotografías o herramientas que revelaran sus intereses o pasiones. Las pocas personas que visitaron su espacio, siempre por motivos de fuerza mayor o de convivencia, ya que ella nunca invitaba a nadie, coinciden al describir lo inquietante de la atmósfera del lugar.

Vanesa no permitía que nadie pasara más allá del primer salón, justo después de la puerta de entrada. Carente de emociones faciales y evitando al máximo entablar diálogo, se adentraba en las profundidades del recinto con el fin de resolver lo más rápido posible cualquier importuna visita.

Era en ese momento cuando se podía apreciar, en los más de cien metros cuadrados del salón, el contraste entre los muros, que aún conservaban las marcas de décadas de producción fabril, y el suelo impecable, donde los reflejos de la pintura de parking, aplicada recientemente, destacaban la presencia de un saco de boxeo que colgaba, perfectamente centrado, en la sala.

Poco más se sabía de ella, salvo algún encuentro fugaz y esquivo en las escaleras o en la entrada del edificio. Ni un «hola», ni un «adiós», ni un «¿que tal?«

Nunca se escuchaba ruido en el interior de su casa: ni risas, ni reuniones sociales ni actividad alguna.

Nada.

Sólo en raras ocasiones, y a cualquier hora, una o dos canciones que sonaban a todo volumen, haciendo retumbar las ventanas del edificio.

La sorpresa llegó para todos aquel día en que vimos a un chico entrar en su local, arrastrando una pequeña maleta de viaje. Finalmente, se desvelaba que Vanesa tenía amistades, o al menos familiares que la visitaban.

Pasado unos meses, la situación se repitió: —¡Una amiga!— pensamos todos. Y así ocurrió unas cuantas veces más durante una temporada. Se podría decir que en aquella época se le veía más feliz, algo que se dejaba entrever en un imperceptible esbozo de sonrisa en la parte baja de su rostro.

Aquellos eran buenos tiempos.

Poco menos de un año después de la primera visita, hacia finales de 2012, supimos que se había marchado. Sin previo aviso, sin despedidas y sin que nadie se diera cuenta. Vanesa simplemente desapareció.

No tardamos mucho en entrar a su antiguo local, ya que llegaba gente nueva a la nave con ansias de conquistar un espacio de trabajo. Lo que vimos nos dejó desconcertados. Nunca volvimos a hablar de ello.

Al entrar, encontramos todo vacío, como siempre. El saco de boxeo colgaba en el centro de la sala, pintada meticulosamente con pintura de parking, y nada más. El resto de los espacios estaban vacíos, como si nunca hubieran sido utilizados, y algunas ventanas estaban rotas.

Todo estaba abandonado, salvo por un pequeño cuarto al fondo, donde encontramos numerosas maletitas de viaje, de distintos colores y tamaños. Todas estaban preparadas, con ropa en su interior y objetos de distintas personas: hombres, mujeres y menores. Solo eso.

Ningún nombre, ninguna foto, ninguna dirección.
Ningún rastro…

Fin.